En las sociedades actuales, el constante desarrollo tecnológico ha posibilitado el uso masivo de dispositivos digitales, evidenciando, como máximo exponente de su constante evolución, una realidad implícita: la necesidad de estar permanentemente conectados.

La hiperconectividad, como una de las principales disrupciones de una revolución tecnológica que ha alterado, indiscutiblemente, nuestros patrones de consumo, se ha consolidado como un fenómeno de efecto transversal y global, que ha llegado a incidir tanto en los hábitos comunicativos de los early adopters digitales como de aquellas personas con un nivel de digitalización inferior.

Según datos extraídos por Detox Digital LLC®, el 61% de los usuarios mundiales admite ser adicto a internet. El 50% prefiere comunicarse digitalmente y no presencial y se estima que el número de personas que tienen un smartphone ya asciende a los 500 millones. De hecho, solo en España se dedica una media de tres horas y 51 minutos al día a mirar el móvil, un 14,3% más que en 2017. En esta era de constante aceleración tecnológica, por tanto, no parece extraño que la proliferación de casos de dependencia digital haya llevado a países como China o EE. UU. a catalogar y diagnosticar la adicción al móvil como enfermedad.

La omnipresencia tecnológica y su convergencia han contribuido a alimentar relaciones poco saludables con nuestros dispositivos. En el entorno laboral o académico, vemos cómo la sobrecarga informativa y la multitasking son algunas de las prácticas que han actuado en detrimento de nuestra productividad, doblegándonos a las limitaciones de la denominada «atención residual», un fenómeno que gesta la habilidad de realizar múltiples tareas simultáneamente y, a la vez, la incapacidad de concentrarse solo en una, lo cual, inevitablemente, menoscaba nuestro rendimiento y la calidad de nuestro trabajo.

En un intento por controlar y redefinir nuestra relación con las nuevas tecnologías para evitar que el uso excesivo de los aparatos degenere en un abuso poco responsable, nace Forest: una app que fomenta el desarrollo sostenible y contribuye a la desintoxicación digital.

La aplicación, desarrollada por Shaokan Pi, cofundador de la empresa Taiwanesa Seekrtechutiliza la gamificación como técnica de aprendizaje contra las distracciones y la procrastinación. Su funcionamiento es rápido e intuitivo. Tras descargarse la aplicación —de pago—, el usuario/a accede automáticamente a una pantalla en la que podrá plantar una semilla virtual. Esta irá creciendo en base al tiempo que el propio usuario/a estipule necesario para poder desconectar y concentrarse. Tras configurar la duración, el árbol va madurando a medida que el teléfono se mantenga bloqueado. Cuantos más árboles consiga plantar, más recompensas se obtendrán. Sin embargo, en caso de que se desbloquee el móvil antes de lo previsto, la planta se marchitará.

Considerada la mejor app por Google Play durante dos años consecutivos, actualmente Forest cuenta con más de 5 millones de descargas.

La parte más importante de la app radica en su componente medioambiental. Forest app colabora con Trees for The Future, una organización sin ánimo de lucro creada en 1989, con la voluntad de luchar contra la deforestación. Así, por cada  logro que se obtenga al interactuar con la plataforma, se nos recompensará con monedas virtuales que nos permitirán plantar un árbol real. A día de hoy, la entidad, cuyo programa se basa en la agricultura regenerativa, ha cultivado un total de 496.967 árboles.

Con esta sencilla representación visual, Forest app automotiva a los usuarios y usuarias a no verse tentados a utilizar el móvil y lanza, paralelamente, un doble mensaje: la importancia de crear una rutina que nos ayude a vivir mejor y ser más eficientes y la necesidad de contribuir a la mejora del medioambiente.

Publicado en: El Periódico, “Apps” para el ciudadano comprometido por Nadia Rodríguez (23.07.19)