Así como la creación de la imprenta permitió el surgimiento de la prensa, —y con esta, la extensión del conocimiento a capas más amplias de la sociedad—, Internet también ha supuesto un punto de inflexión en la forma como se articula el sistema social que nos rodea. Desde la propiedad privada hasta el modo en que circula la información por los medios, los usos y costumbres de la ciudadanía han cambiado: ya no estamos dispuestos a almacenar DVD o vídeos; no necesitamos estar sentados ante el televisor a una determinada hora: podemos descargarnos de la Red los mismos contenidos, en el momento en que queramos.

La paradoja surge al observar que, en política, nada es distinto. Los mecanismos de representación surgidos en el siglo XIX han llegado a nuestros días, generando una crisis de representación global. Los ciudadanos no se sienten escuchados. Las decisiones se continúan tomando en el Parlamento, siguiendo el ideario del Partido de turno que se revisa una vez cada tres, cuatro, seis años —sin atender a menudo las demandas de una ciudadanía que dispone cada vez de más recursos para ser oída—. Los costes de participar en política se han reducido gracias a la evolución de las nuevas tecnologías y ya no quedan barreras, ni excusas, para revolucionar la forma en que se articula la relación entre el «citizen» y el Gobierno.

Sin embargo, Internet sigue siendo aún un poder más reactivo que constructivo. La llegada de Twitter permitió desvelar la conciencia de miles de ciudadanos sometidos a dictaduras del norte de África (Primavera Árabe); precisamente, el mismo canal que reunió a los Indignados en las Plazas, o que dio cabida al movimiento Occupy Wall Street. Pero todos ellos fueron movimientos de insumisión que, en el mejor de los casos, permitieron derribar el Gobierno de algún mandatario. La desazón llegó más tarde, ante la imposibilidad de construir ninguna alternativa política sostenible a través de las que se creían poderosas herramientas en línea.

El momento ha llegado. La democracia de la era de Internet debe ser capaz de articular verdaderas alternativas de futuro, que pasan por que tecnología y democracia caminen de la mano. Ahí es donde irrumpen con fuerza las aplicaciones móviles, rompiendo el clásico esquema de ciudadano pasivo­/reactivo, para dar paso al de un ciudadano activo/constructivo. Existen ya numerosos ejemplos de que otro modelo de articulación democrática es posible.

En Argentina, el proyecto DemocracyOS, coordinado por Pia Mancini, ha supuesto una auténtica revolución basada en la posibilidad de que los ciudadanos voten y propongan iniciativas a sus representantes políticos, que se comprometen a presentarlas ante la Cámara. Lo mismo sucede en Estados Unidos, mediante la aplicación Countable, que facilita el seguimiento de las bills (propuestas) que se debaten en el Congreso, así como la posibilidad de recoger la opinión que cada usuario tiene al respecto, fiscalizando la acción de su candidato/a. En el caso español, también contamos con el ejemplo vehiculado por Podemos, que usó la aplicación Appgree para someter a votación lo que se proponía en sus Círculos Ciudadanos. Todas ellas, una serie de propuestas rompedoras, con un un objetivo último: traer la política al siglo en el que vivimos.